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EL ÚLTIMO SUBTE

—Es  como si te conociera desde hace mucho… — Te iba a decir exactamente lo mismo — dice Melina —, me sacaste las palabras de la boca. Levanto la copa y le propongo un brindis: — Por habernos encontrado —Choco mi copa con la de ella y tomamos del vino que el mozo acaba de traernos. Melina vuelve a alzar su copa. — Y yo propongo otro chinchín: por esos locos que andan sueltos… Me agarro la cabeza y paso la palma de mi mano hacia atrás, a contrapelo; Melina me guiña un ojo cómplice y volvemos a brindar. Después, ella se recuesta en el respaldo del sillón para mirar el videoclip de Eric Clapton que pasan por la pantalla del bar. Aunque yo también miro el video, tengo la cabeza en otro lado, porque no puedo dejar de pensar en todo lo que pasó. Es increíble cómo puede cambiar la vida en una noche, en un instante. Hasta hace un rato estaba por el piso: venía de discutir con la madre de mi hija, de correr como un loco para llegar a la estación a tomarme el últim...

ALARIDOS

—Otra vez esos gritos… Digo como todas las noches desde hace tiempo. En realidad todas las noches, no; porque los fines de semana la gente sale y se divierte, entonces es lógico escuchar barullo. Pero ¿quiénes gritan un martes por la madrugada cuando las calles están vacías? Le pregunto a Antonella –una vez más– si los escucha, y ella me responde lo mismo de siempre: “No escucho nada”. Gritan otra vez. Muchas veces intenté descifrar qué dicen, si son hombres o mujeres, pero nunca pude descifrar nada: son gritos muy extraños, como alaridos. —Basta. Me cansé. Voy a ver quiénes son los que joden a esta hora —digo mientras me levanto de la cama y busco mi ropa en el placar. Antonella me mira embroncada. —¿A esta hora? ¿Justo hoy? Es nuestro aniversario… Hoy, catorce de julio, cumplimos ocho años de casados: le regalé flores, preparé una rica cena y hace un rato terminamos de hacer el amor. —Es un segundo —le aseguro mientras termino de abrigarme—. ...